Institucional

En una mirada profunda a los tiempos que nos tocan vivir podemos decir que tienen como característica esencial la negación o el no reconocimiento de un orden que viene por Creación. Si el orden no está en las cosas y todo orden no es valorado sino como el resultado de una convención, entonces todo orden puede ser cambiado caprichosamente. Convertido el orden en algo arbitrario lo único que queda es la lucha por imponer el propio “orden”, que luego puede ser reemplazado por otro. Si el orden es fruto puramente de las construcciones humanas, el supuesto último es que no hay ningún sentido. Este nihilismo asumido de manera implícita o explícita es el caldo de cultivo de todas las formas de desviación que encontramos en la vida contemporánea. Dicho más claramente, donde nada tiene sentido, todo está justificado. El orden entra en la definición de la paz. Dice San Agustín que la paz es “la tranquilidad del orden”1. Así, la paz no resulta de la mera ausencia de conflictos: porque puede no haber conflicto en la superficie porque las fuerzas están en equilibrio o porque una de las partes ejerce sobre la otra una fuerza tal que le impide movilizarse. Ese es un orden aparente. Tampoco es paz. El orden supone, por un lado, la multiplicidad, y, por otro, relaciones de justicia que se dan entre los muchos. Y la justicia sólo es tal en la medida en que se reconoce a cada uno lo que le corresponde según su propia naturaleza. El orden, en la escuela, está en función del bien de todos. Es el resultado de una reflexión profunda acerca de cuáles son las condiciones que requiere la misma, que es ámbito donde se contempla la verdad, para favorecer la formación integral de los alumnos, la cual trasciende las diversas disciplinas o campos del saber.

Colegio Jesús Resucitado.

­